jueves, 23 de abril de 2026

POTENCIALES PROBLEMAS DEL PSICÓLOGO COMO "INGENIERO CONDUCTUAL". UNA PERSPECTIVA TOMISTA (Ruiz e IA, 2026)

 



Abordar la misma cuestión desde la perspectiva tomista (Santo Tomás de Aquino) requiere situarse en un horizonte antropológico y ético muy distinto al de Adler o al de ACT/RFT. Para Tomás de Aquino, el ser humano es un compuesto sustancial de cuerpo y alma, con una inteligencia y voluntad naturalmente orientadas hacia la verdad, el bien y, en última instancia, Dios. La psicología (en su sentido clásico, como estudio del alma) está subordinada a la filosofía y la teología moral.

Desde esta mirada, un psicólogo que actúa como un "ingeniero conductual" que busca controlar variables y obtener respuestas precisas no comete solo un error técnico o relacional, sino un error antropológico y moral que puede dañar la dignidad de la persona y el fin mismo de la ayuda.

Veamos los problemas que conllevaría este enfoque desde el tomismo:

1. Reducción de la persona a un objeto de manipulación (negación de la substancialidad)

El primer y más grave problema es epistemológico y ontológico. Para Tomás, la persona humana es un subsistente en la naturaleza racional (Boethius, citado por Tomás), es decir, un sujeto con dignidad, fines propios y capacidad de autodeterminación. El "ingeniero conductual" trata a la persona como si fuera una colección de variables (estímulos, respuestas, refuerzos), es decir, como un objeto más entre otros objetos del mundo material.

Problema: Se niega la irreductibilidad de la persona. Se la estudia y modifica como se estudia y modifica una máquina o un animal no racional. Esto es una reducción violenta de la realidad humana, que para Tomás incluye dimensiones espirituales (intelecto y voluntad) no reducibles a contingencias físicas. El terapeuta se convierte en un técnico que opera sobre un objeto, no en una persona que se encuentra con otra persona.

2. Supresión de la finalidad intrínseca y la libertad (el acto humano vs. la conducta)

Para Tomás, el acto humano (actus humanus) es aquel que procede de la voluntad deliberada y el intelecto práctico, orientado hacia un fin conocido. La conducta observable es solo la expresión externa de esta dinámica interna. El "ingeniero conductual" que solo mira variables externas ignora la intencionalidad y la deliberación propias del ser humano.

Problema: Al tratar de controlar las "respuestas" sin atender a la razón y la voluntad del sujeto, se sustituye la educación de la libertad por el condicionamiento. Se busca que la persona actúe de cierta manera (conducta adaptada), pero no se busca que elija libremente el bien (virtud). Para Tomás, una acción inducida por presión ambiental o por un técnico que controla refuerzos no es un acto humano pleno, sino un acto de hombre (actus hominis), como respirar o digerir. La terapia se convierte en adiestramiento.

3. Fomento de la soberbia intelectual y la ignorancia de la propia falibilidad (pecado del técnico)

Tomás, siguiendo a Aristóteles, considera que la sabiduría práctica (prudencia) es la virtud del que sabe deliberar, juzgar y mandar bien en el ámbito contingente de la acción humana. La prudencia no es una ciencia exacta (como la geometría), sino un habitus que opera con certeza moral, no con precisión matemática. El "ingeniero conductual" que busca "respuestas precisas" y "control de variables" actúa como si la vida humana fuera un sistema determinista y predecible.

Problema: Esto es un acto de soberbia intelectual: pretender tener un conocimiento exacto y predictivo que no corresponde a la naturaleza contingente y libre de la realidad humana. Además, el terapeuta se coloca en una posición falsa de "experto infalible", negando su propia condición de ser imperfecto, falible y necesitado de sabiduría más que de técnica. Desde Tomás, esto es un vicio (opuesto a la humildad y a la prudencia) que le impide al terapeuta la docilidad (parte de la prudencia) para aprender de la singularidad de cada caso.

4. Daño a la caridad y a la amistad en la relación terapéutica

La relación entre dos personas, para Tomás, debe estar ordenada por la caridad (amor sobrenatural) o al menos por la amistad (amor natural basado en el bien común). La relación terapéutica es un tipo de amistad desigual (como la del médico con el paciente, o el maestro con el discípulo), donde uno da un bien (cura, conocimiento) y el otro recibe. Pero esa amistad exige benevolenciacomunicación y reciprocidad en el ámbito del bien.

Problema: El "ingeniero conductual" no es un amigo ni un maestro; es un operador. Su acción no brota de la benevolencia (querer el bien del otro por sí mismo), sino de la eficacia (querer resultados medibles). No hay lugar para la compasión (sentir-con-el-otro) ni para la misericordia (remediar la miseria ajena desde el corazón). El terapeuta se convierte en un frío aplicador de técnicas, y el paciente se siente un caso, no una persona amada. Para Tomás, esto es objetivamente un mal moral, porque la caridad es el fin último de todas las virtudes.

5. Imposibilidad de abordar el pecado, la culpa y el arrepentimiento

Tomás tiene una comprensión profunda de la psicología del pecado: la razón nublada por la pasión, la voluntad debilitada por el hábito malo, la conciencia errónea, el remordimiento. La solución no es "reforzar conductas alternativas", sino convertir la voluntad mediante el arrepentimiento, la confesión y la reparación (en el plano sacramental) o mediante la corrección fraterna y la enmienda (en el plano natural).

Problema: El modelo conductual no tiene categorías para la culpa moral (dolerse por haber ofendido a Dios o al bien), solo para la "culpa psicológica" o el "error de aprendizaje". No puede distinguir entre un hábito vicioso (por ejemplo, la lujuria o la ira) y una conducta desadaptativa. Al tratar de "controlar variables", el terapeuta ignora la necesidad de purificar la intención y ordenar los fines de la persona. El paciente puede aprender a no manifestar su ira (control conductual), pero seguir siendo un iracundo en su corazón. Eso no es cura para Tomás; es una falsa paz.

6. El grupo terapéutico: de comunidad de personas a colección de especímenes

En una terapia de grupo, la mirada tomista ve una comunidad de personas con un fin común (la salud del alma/cuerpo), donde deben ejercerse la justicia (dar a cada uno lo suyo), la amistad y la caridad. El "ingeniero conductual" ve un sistema de variables interactuantes que hay que calibrar.

Problema: Se pierde la subsidiariedad (principio tomista: la instancia superior no debe hacer lo que puede hacer la inferior). El terapeuta controla todo, impidiendo que los miembros del grupo se ayuden entre sí desde su propia iniciativa y libertad. Se fomenta la dependencia del técnico, no la responsabilidad mutua. El grupo se vuelve un lugar de vigilancia y ajuste, no de encuentro, consejo y apoyo fraterno.

7. Negación del carácter sapiencial de la psicología

Para Tomás, la sabiduría (sapientia) es el conocimiento de las causas últimas (Dios, el bien, el fin último). La psicología, en la medida en que estudia el alma, es una ciencia subalternada a la filosofía moral y a la teología. El "ingeniero conductual" reduce la psicología a una técnica (un ars), despojándola de su dimensión sapiencial. Pretende saber "cómo" cambiar conductas sin preguntarse "para qué" debe vivir esa persona, "qué es el bien humano" o "cuál es el fin último".

Problema: El terapeuta se convierte en un mero técnico sin horizonte ético. Puede "adaptar" a una persona a un entorno disfuncional, o "eliminar" una conducta que, en realidad, era un intento torpe de buscar un bien genuino. Al no tener criterios objetivos de lo que es una vida buena (virtudes, amistad, contemplación, recta razón), su intervención es moralmente ciega. Para Tomás, esto es peor que no ayudar: es desorientar.

Conclusión desde la perspectiva tomista

Problema central: El psicólogo que actúa como un "ingeniero conductual" tratando de controlar variables y obtener respuestas precisas comete un error ontológico y moral fundamental: trata a la persona (un ser sustancial, libre, inteligente y orientado al bien) como si fuera un objeto (una colección de contingencias físicas y verbales). Al hacerlo, niega la dignidad del paciente, suprime la educación de la libertad, fomenta la soberbia del terapeuta, destruye la posibilidad de una auténtica amistad terapéutica (caridad), y reduce la psicología a una técnica ciega al bien humano.

Lo que un enfoque tomista pondría en su lugar:

No una "técnica precisa", sino una prudencia virtuosa que:

  1. Reconoce la singularidad irreductible de cada persona (no la trata por "variables").
  2. Busca el bien real de esa persona (no solo la adaptación o el alivio sintomático).
  3. Actúa con certeza moral, no con precisión matemática (acepta la incertidumbre y la falibilidad).
  4. Se ordena por la caridad (amor al otro por sí mismo) y la justicia (dar a cada uno lo suyo).
  5. Respeta la libertad y la responsabilidad del paciente, ayudándole a deliberar y elegir, no condicionándole.
  6. Tiene como fin último ayudar a la persona a vivir según su naturaleza racional, orientada a la Verdad y al Bien (y, en última instancia, a Dios).

El terapeuta, desde esta mirada, debe ser un amigo sapiencial, no un ingeniero de la conducta. Un amigo que, con humildad, sabe que no tiene todas las respuestas precisas, pero que busca junto al paciente la verdad sobre su vida y el coraje para ordenarla hacia el bien, en un encuentro de persona a persona, donde la imperfección de ambos es parte del camino, no un error a eliminar mediante control.

 

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