Desde la perspectiva adleriana, ¿qué
problemas puede conllevar en las relaciones interpersonales, incluida en
terapia, que el psicólogo siga un modelo muy enfocado en controlar las
variables de las sesiones de grupo y tener respuestas precisas como si fuera un
ingeniero conductual en vez de una persona con sabiduría pero muy imperfecta?
Desde una perspectiva adleriana, ese estilo puede generar varios problemas
porque Adler no veía la relación humana —y menos la terapéutica— como un
sistema que se optimiza solo controlando variables, sino como un encuentro
entre personas orientado por interés social, aliento,
finalidad y sentido.
Qué puede salir mal
1. La relación se vuelve vertical
Si
el psicólogo adopta una postura de “ingeniero conductual” que calibra todo y
busca respuestas exactas, puede quedar ubicado como el que sabe, define y corrige, mientras el paciente o
el grupo queda como objeto de intervención.
En
clave adleriana, eso favorece una relación de superioridad-inferioridad,
que es justo el tipo de dinámica que muchas personas ya traen herida desde su
estilo de vida. En vez de promover cooperación, puede reforzar vergüenza,
sumisión o rebeldía.
2. Se debilita el aliento
Adler
daba mucho peso al encouragement: ayudar a la persona
a sentirse capaz, perteneciente y útil aun siendo imperfecta. Un terapeuta
demasiado centrado en precisión técnica puede transmitir, aunque no quiera,
algo como:
- “hay una forma correcta de reaccionar”
- “yo sé leer mejor tu experiencia que tú”
- “si afinamos bien las variables, tú
mejorarás”
Eso
puede reducir la experiencia de ser comprendido y
reemplazarla por la de ser gestionado.
3. Se pierde la comprensión del sentido subjetivo
Para
Adler, la conducta no se entiende solo por sus mecanismos visibles, sino por
su finalidad, su lógica privada, su intento de resolver el
problema de vivir, pertenecer y proteger la propia valía.
Si
el foco está demasiado en controlar la sesión, regular conductas y producir
respuestas predecibles, se corre el riesgo de pasar por alto preguntas como:
- ¿Para qué le sirve a esta persona actuar
así?
- ¿Qué meta protege?
- ¿Qué desánimo expresa?
- ¿Qué ficción rectora está sosteniendo?
La
técnica puede captar el cómo, pero perder
el para qué.
4. El grupo puede sentirse instrumentalizado
En
terapia de grupo, un encuadre excesivamente controlador puede volver el espacio
rígido, poco espontáneo y más preocupado por el procedimiento que por el
encuentro.
Desde
Adler, el grupo no es solo un conjunto de variables, sino un lugar donde se
juega la pertenencia, la cooperación y el coraje para mostrarse
imperfecto. Si todo está demasiado diseñado, puede ocurrir que:
- los miembros hablen “bien” en vez de hablar
de verdad
- aumente la autocensura
- el terapeuta monopolice el criterio de lo
valioso
- el grupo se adapte superficialmente sin
desarrollar genuino interés social
5. Se refuerza una fantasía de control y perfección
La
figura del terapeuta “preciso” puede transmitir implícitamente que el valor
está en no errar, en anticipar todo, en tener la respuesta
exacta. Adler sería sensible a esto porque muchas neurosis se organizan
precisamente alrededor del intento de protegerse de la inferioridad mediante
ideales de superioridad o invulnerabilidad.
Un
terapeuta que no muestra humanidad suficiente puede, sin querer, modelar esta
idea: “estar bien es estar bajo control”.
Eso
suele alejar del coraje adleriano, que es más bien: “puedo participar en la vida aunque sea imperfecto”.
6. Puede aparecer una contra-lucha de poder
Adler
atendía mucho a las luchas de poder en vínculos y contextos
educativos/terapéuticos. Cuando el profesional controla demasiado, algunas
personas responden con:
- complacencia excesiva
- desafío encubierto
- retirada emocional
- pseudoacuerdo
- dependencia del criterio del terapeuta
En
apariencia la sesión puede verse ordenada, pero relacionalmente puede estar
empobrecida.
7. La terapia corre el riesgo de volverse correccional en vez de cooperativa
En
un enfoque adleriano, el terapeuta idealmente trabaja con la persona, no sobre la
persona. Si predomina la lógica de ingeniería, la terapia puede deslizarse
hacia:
- optimizar conductas
- reducir desviaciones
- aumentar cumplimiento
- producir resultados medibles
Eso
no es necesariamente malo en sí, pero puede quedarse corto si no hay una
lectura del sujeto como alguien que busca lugar, dignidad y comunidad.
En terapia, específicamente, qué efectos puede tener
- Menor alianza terapéutica si el paciente
percibe frialdad, superioridad o excesiva direccionalidad.
- Falsa adaptación, donde el paciente
aprende a responder como “buen paciente” sin cambio profundo.
- Menor exploración de
vergüenza, inferioridad y metas privadas, porque esas zonas requieren seguridad y
humanidad, no solo técnica.
- Dependencia del experto, si el paciente siente
que solo mejora cuando otro regula bien el sistema.
- Reducción del interés social, si la relación se
organiza más por control que por cooperación.
Lo adleriano no es anti-técnica
Importa
decir esto: desde Adler, el problema no sería que el terapeuta sea
estructurado, preciso o cuidadoso con el encuadre. Eso puede ser útil. El
problema aparece cuando la técnica desplaza el encuentro
humano.
Un
buen terapeuta adleriano podría perfectamente ser muy claro, muy observador y
muy sistemático, sin dejar de ser una persona falible,
alentadora y cooperativa. La cuestión no es elegir entre técnica o
humanidad, sino evitar que la técnica se convierta en una defensa contra la
reciprocidad.
Formulado en una tensión central
La
diferencia sería algo así:
- modelo ingenieril: “si controlo bien
las variables, produciré cambio”
- modelo adleriano: “si construimos una
relación de aliento, comprensión del propósito y cooperación, la persona
podrá moverse con más coraje y sentido”
Una síntesis breve
Desde
Adler, el principal riesgo es que el terapeuta deje de ser un compañero experto y pase a ser un administrador de conductas. Cuando eso ocurre, la
relación puede perder aliento, horizontalidad, pertenencia y comprensión del
sentido subjetivo; y entonces el cambio quizá ocurra en la superficie, pero no
necesariamente en la orientación vital profunda.
También
hay un matiz importante: a veces ese estilo hipercontrolador del terapeuta no
es solo una metodología, sino su propia manera de compensar inseguridad,
incertidumbre o necesidad de superioridad. Adler probablemente invitaría a
mirar también eso.

un material estupendo
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