jueves, 23 de abril de 2026

POTENCIALES PROBLEMAS DEL PSICÓLOGO COMO "INGENIERO CONDUCTUAL" (Ruiz e IA, 2026)

 



Desde la perspectiva adleriana, ¿qué problemas puede conllevar en las relaciones interpersonales, incluida en terapia, que el psicólogo siga un modelo muy enfocado en controlar las variables de las sesiones de grupo y tener respuestas precisas como si fuera un ingeniero conductual en vez de una persona con sabiduría pero muy imperfecta?

 

Desde una perspectiva adleriana, ese estilo puede generar varios problemas porque Adler no veía la relación humana —y menos la terapéutica— como un sistema que se optimiza solo controlando variables, sino como un encuentro entre personas orientado por interés social, aliento, finalidad y sentido.

Qué puede salir mal

1. La relación se vuelve vertical

Si el psicólogo adopta una postura de “ingeniero conductual” que calibra todo y busca respuestas exactas, puede quedar ubicado como el que sabe, define y corrige, mientras el paciente o el grupo queda como objeto de intervención.

En clave adleriana, eso favorece una relación de superioridad-inferioridad, que es justo el tipo de dinámica que muchas personas ya traen herida desde su estilo de vida. En vez de promover cooperación, puede reforzar vergüenza, sumisión o rebeldía.

2. Se debilita el aliento

Adler daba mucho peso al encouragement: ayudar a la persona a sentirse capaz, perteneciente y útil aun siendo imperfecta. Un terapeuta demasiado centrado en precisión técnica puede transmitir, aunque no quiera, algo como:

  • “hay una forma correcta de reaccionar”
  • “yo sé leer mejor tu experiencia que tú”
  • “si afinamos bien las variables, tú mejorarás”

Eso puede reducir la experiencia de ser comprendido y reemplazarla por la de ser gestionado.

3. Se pierde la comprensión del sentido subjetivo

Para Adler, la conducta no se entiende solo por sus mecanismos visibles, sino por su finalidad, su lógica privada, su intento de resolver el problema de vivir, pertenecer y proteger la propia valía.

Si el foco está demasiado en controlar la sesión, regular conductas y producir respuestas predecibles, se corre el riesgo de pasar por alto preguntas como:

  • ¿Para qué le sirve a esta persona actuar así?
  • ¿Qué meta protege?
  • ¿Qué desánimo expresa?
  • ¿Qué ficción rectora está sosteniendo?

La técnica puede captar el cómo, pero perder el para qué.

4. El grupo puede sentirse instrumentalizado

En terapia de grupo, un encuadre excesivamente controlador puede volver el espacio rígido, poco espontáneo y más preocupado por el procedimiento que por el encuentro.

Desde Adler, el grupo no es solo un conjunto de variables, sino un lugar donde se juega la pertenencia, la cooperación y el coraje para mostrarse imperfecto. Si todo está demasiado diseñado, puede ocurrir que:

  • los miembros hablen “bien” en vez de hablar de verdad
  • aumente la autocensura
  • el terapeuta monopolice el criterio de lo valioso
  • el grupo se adapte superficialmente sin desarrollar genuino interés social

5. Se refuerza una fantasía de control y perfección

La figura del terapeuta “preciso” puede transmitir implícitamente que el valor está en no errar, en anticipar todo, en tener la respuesta exacta. Adler sería sensible a esto porque muchas neurosis se organizan precisamente alrededor del intento de protegerse de la inferioridad mediante ideales de superioridad o invulnerabilidad.

Un terapeuta que no muestra humanidad suficiente puede, sin querer, modelar esta idea: “estar bien es estar bajo control”.

Eso suele alejar del coraje adleriano, que es más bien: “puedo participar en la vida aunque sea imperfecto”.

6. Puede aparecer una contra-lucha de poder

Adler atendía mucho a las luchas de poder en vínculos y contextos educativos/terapéuticos. Cuando el profesional controla demasiado, algunas personas responden con:

  • complacencia excesiva
  • desafío encubierto
  • retirada emocional
  • pseudoacuerdo
  • dependencia del criterio del terapeuta

En apariencia la sesión puede verse ordenada, pero relacionalmente puede estar empobrecida.

7. La terapia corre el riesgo de volverse correccional en vez de cooperativa

En un enfoque adleriano, el terapeuta idealmente trabaja con la persona, no sobre la persona. Si predomina la lógica de ingeniería, la terapia puede deslizarse hacia:

  • optimizar conductas
  • reducir desviaciones
  • aumentar cumplimiento
  • producir resultados medibles

Eso no es necesariamente malo en sí, pero puede quedarse corto si no hay una lectura del sujeto como alguien que busca lugar, dignidad y comunidad.

En terapia, específicamente, qué efectos puede tener

  • Menor alianza terapéutica si el paciente percibe frialdad, superioridad o excesiva direccionalidad.
  • Falsa adaptación, donde el paciente aprende a responder como “buen paciente” sin cambio profundo.
  • Menor exploración de vergüenza, inferioridad y metas privadas, porque esas zonas requieren seguridad y humanidad, no solo técnica.
  • Dependencia del experto, si el paciente siente que solo mejora cuando otro regula bien el sistema.
  • Reducción del interés social, si la relación se organiza más por control que por cooperación.

Lo adleriano no es anti-técnica

Importa decir esto: desde Adler, el problema no sería que el terapeuta sea estructurado, preciso o cuidadoso con el encuadre. Eso puede ser útil. El problema aparece cuando la técnica desplaza el encuentro humano.

Un buen terapeuta adleriano podría perfectamente ser muy claro, muy observador y muy sistemático, sin dejar de ser una persona falible, alentadora y cooperativa. La cuestión no es elegir entre técnica o humanidad, sino evitar que la técnica se convierta en una defensa contra la reciprocidad.

Formulado en una tensión central

La diferencia sería algo así:

  • modelo ingenieril: “si controlo bien las variables, produciré cambio”
  • modelo adleriano: “si construimos una relación de aliento, comprensión del propósito y cooperación, la persona podrá moverse con más coraje y sentido”

Una síntesis breve

Desde Adler, el principal riesgo es que el terapeuta deje de ser un compañero experto y pase a ser un administrador de conductas. Cuando eso ocurre, la relación puede perder aliento, horizontalidad, pertenencia y comprensión del sentido subjetivo; y entonces el cambio quizá ocurra en la superficie, pero no necesariamente en la orientación vital profunda.

También hay un matiz importante: a veces ese estilo hipercontrolador del terapeuta no es solo una metodología, sino su propia manera de compensar inseguridad, incertidumbre o necesidad de superioridad. Adler probablemente invitaría a mirar también eso.


 

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