Abordar la misma cuestión desde
la perspectiva tomista (Santo Tomás de Aquino) requiere
situarse en un horizonte antropológico y ético muy distinto al de Adler o al de
ACT/RFT. Para Tomás de Aquino, el ser humano es un compuesto sustancial de
cuerpo y alma, con una inteligencia y voluntad naturalmente orientadas hacia la
verdad, el bien y, en última instancia, Dios. La psicología (en su sentido
clásico, como estudio del alma) está subordinada a la filosofía y
la teología moral.
Desde esta mirada, un psicólogo que actúa como un "ingeniero
conductual" que busca controlar variables y obtener respuestas precisas no
comete solo un error técnico o relacional, sino un error antropológico
y moral que puede dañar la dignidad de la persona y el fin mismo de la
ayuda.
Veamos los problemas que conllevaría este enfoque desde el tomismo:
1. Reducción de la persona a un
objeto de manipulación (negación de la substancialidad)
El primer y más grave problema es epistemológico y ontológico. Para Tomás,
la persona humana es un subsistente en la naturaleza racional (Boethius,
citado por Tomás), es decir, un sujeto con dignidad, fines propios y capacidad
de autodeterminación. El "ingeniero conductual" trata a la persona
como si fuera una colección de variables (estímulos,
respuestas, refuerzos), es decir, como un objeto más entre
otros objetos del mundo material.
Problema: Se niega la irreductibilidad
de la persona. Se la estudia y modifica como se estudia y modifica una máquina
o un animal no racional. Esto es una reducción violenta de la
realidad humana, que para Tomás incluye dimensiones espirituales (intelecto y
voluntad) no reducibles a contingencias físicas. El terapeuta se convierte en
un técnico que opera sobre un objeto, no en
una persona que se encuentra con otra persona.
2. Supresión de la finalidad
intrínseca y la libertad (el acto humano vs. la conducta)
Para Tomás, el acto humano (actus humanus) es aquel que procede de
la voluntad deliberada y el intelecto práctico, orientado hacia un fin
conocido. La conducta observable es solo la expresión externa de esta dinámica
interna. El "ingeniero conductual" que solo mira variables externas ignora
la intencionalidad y la deliberación propias
del ser humano.
Problema: Al tratar de controlar las
"respuestas" sin atender a la razón y la voluntad del sujeto, se
sustituye la educación de la libertad por el condicionamiento.
Se busca que la persona actúe de cierta manera (conducta
adaptada), pero no se busca que elija libremente el bien (virtud).
Para Tomás, una acción inducida por presión ambiental o por un técnico que
controla refuerzos no es un acto humano pleno, sino un acto de hombre (actus
hominis), como respirar o digerir. La terapia se convierte en
adiestramiento.
3. Fomento de la soberbia
intelectual y la ignorancia de la propia falibilidad (pecado del técnico)
Tomás, siguiendo a Aristóteles, considera que la sabiduría práctica (prudencia)
es la virtud del que sabe deliberar, juzgar y mandar bien en el ámbito
contingente de la acción humana. La prudencia no es una ciencia exacta (como la
geometría), sino un habitus que opera con certeza
moral, no con precisión matemática. El "ingeniero conductual" que
busca "respuestas precisas" y "control de variables" actúa
como si la vida humana fuera un sistema determinista y predecible.
Problema: Esto es un acto de soberbia
intelectual: pretender tener un conocimiento exacto y predictivo que no
corresponde a la naturaleza contingente y libre de la realidad humana. Además,
el terapeuta se coloca en una posición falsa de "experto infalible",
negando su propia condición de ser imperfecto, falible y necesitado de
sabiduría más que de técnica. Desde Tomás, esto es un vicio (opuesto a la
humildad y a la prudencia) que le impide al terapeuta la docilidad (parte
de la prudencia) para aprender de la singularidad de cada caso.
4. Daño a la caridad y a la amistad
en la relación terapéutica
La relación entre dos personas, para Tomás, debe estar ordenada por
la caridad (amor sobrenatural) o al menos por la amistad (amor
natural basado en el bien común). La relación terapéutica es un tipo de amistad
desigual (como la del médico con el paciente, o el maestro con el
discípulo), donde uno da un bien (cura, conocimiento) y el otro recibe. Pero
esa amistad exige benevolencia, comunicación y reciprocidad en
el ámbito del bien.
Problema: El "ingeniero
conductual" no es un amigo ni un maestro; es un operador. Su
acción no brota de la benevolencia (querer el bien del otro por sí mismo), sino
de la eficacia (querer resultados medibles). No hay lugar para la compasión (sentir-con-el-otro)
ni para la misericordia (remediar la miseria ajena desde el
corazón). El terapeuta se convierte en un frío aplicador de técnicas, y el
paciente se siente un caso, no una persona amada. Para Tomás, esto es
objetivamente un mal moral, porque la caridad es el fin último de todas las
virtudes.
5. Imposibilidad de abordar el
pecado, la culpa y el arrepentimiento
Tomás tiene una comprensión profunda de la psicología del pecado: la razón
nublada por la pasión, la voluntad debilitada por el hábito malo, la conciencia
errónea, el remordimiento. La solución no es "reforzar conductas
alternativas", sino convertir la voluntad mediante el
arrepentimiento, la confesión y la reparación (en el plano sacramental) o
mediante la corrección fraterna y la enmienda (en el plano natural).
Problema: El modelo conductual no tiene
categorías para la culpa moral (dolerse por haber ofendido a
Dios o al bien), solo para la "culpa psicológica" o el "error de
aprendizaje". No puede distinguir entre un hábito vicioso (por ejemplo, la
lujuria o la ira) y una conducta desadaptativa. Al tratar de "controlar
variables", el terapeuta ignora la necesidad de purificar la
intención y ordenar los fines de la persona. El
paciente puede aprender a no manifestar su ira (control conductual), pero
seguir siendo un iracundo en su corazón. Eso no es cura para Tomás; es una
falsa paz.
6. El grupo terapéutico: de
comunidad de personas a colección de especímenes
En una terapia de grupo, la mirada tomista ve una comunidad de
personas con un fin común (la salud del alma/cuerpo), donde deben
ejercerse la justicia (dar a cada uno lo suyo), la amistad y
la caridad. El "ingeniero conductual" ve un sistema
de variables interactuantes que hay que calibrar.
Problema: Se pierde la subsidiariedad (principio
tomista: la instancia superior no debe hacer lo que puede hacer la inferior).
El terapeuta controla todo, impidiendo que los miembros del grupo se ayuden
entre sí desde su propia iniciativa y libertad. Se fomenta la dependencia del
técnico, no la responsabilidad mutua. El grupo se vuelve un
lugar de vigilancia y ajuste, no de encuentro, consejo y apoyo fraterno.
7. Negación del carácter sapiencial
de la psicología
Para Tomás, la sabiduría (sapientia) es el conocimiento de las
causas últimas (Dios, el bien, el fin último). La psicología, en la medida en
que estudia el alma, es una ciencia subalternada a la
filosofía moral y a la teología. El "ingeniero conductual" reduce la
psicología a una técnica (un ars), despojándola de
su dimensión sapiencial. Pretende saber "cómo" cambiar conductas sin
preguntarse "para qué" debe vivir esa persona, "qué es el bien
humano" o "cuál es el fin último".
Problema: El terapeuta se convierte en
un mero técnico sin horizonte ético. Puede "adaptar"
a una persona a un entorno disfuncional, o "eliminar" una conducta
que, en realidad, era un intento torpe de buscar un bien genuino. Al no tener
criterios objetivos de lo que es una vida buena (virtudes,
amistad, contemplación, recta razón), su intervención es moralmente ciega. Para
Tomás, esto es peor que no ayudar: es desorientar.
Conclusión desde la perspectiva
tomista
Problema central: El psicólogo que actúa como un "ingeniero conductual"
tratando de controlar variables y obtener respuestas precisas comete un error
ontológico y moral fundamental: trata a la persona (un ser sustancial,
libre, inteligente y orientado al bien) como si fuera un objeto (una colección
de contingencias físicas y verbales). Al hacerlo, niega la dignidad
del paciente, suprime la educación de la libertad, fomenta la soberbia del
terapeuta, destruye la posibilidad de una auténtica amistad terapéutica
(caridad), y reduce la psicología a una técnica ciega al bien humano.
Lo que un enfoque tomista pondría en su lugar:
No una "técnica precisa", sino una prudencia virtuosa que:
- Reconoce la singularidad irreductible de
cada persona (no la trata por "variables").
- Busca el bien real de esa persona (no solo
la adaptación o el alivio sintomático).
- Actúa con certeza moral, no con
precisión matemática (acepta la incertidumbre y la falibilidad).
- Se ordena por la caridad (amor
al otro por sí mismo) y la justicia (dar a cada uno lo
suyo).
- Respeta la libertad y
la responsabilidad del paciente, ayudándole a deliberar y
elegir, no condicionándole.
- Tiene como fin último ayudar a la persona a
vivir según su naturaleza racional, orientada a la Verdad y al Bien (y, en
última instancia, a Dios).
El terapeuta, desde esta mirada, debe ser un amigo sapiencial,
no un ingeniero de la conducta. Un amigo
que, con humildad, sabe que no tiene todas las respuestas precisas, pero que
busca junto al paciente la verdad sobre su vida y el coraje para ordenarla
hacia el bien, en un encuentro de persona a persona, donde la imperfección de
ambos es parte del camino, no un error a eliminar mediante control.



